sábado, 28 de febrero de 2026

EL DESALMADO.

Dicen que no tiene alma.

Que la dejó olvidada

en una guerra sin nombre

o la vendió por un instante de silencio.

Camina sin ruido,

con los ojos llenos de invierno

y las manos manchadas

de decisiones imposibles.

El desalmado no llora.

Aprendió que las lágrimas

son lujos de quienes aún creen

que alguien escucha.

Habla poco.

Y cuando lo hace,

sus palabras caen

como piedras en un lago sin fondo.

Pero nadie ve

que en su sombra

tiembla una llama diminuta.

Nadie sabe

que guarda en el pecho

una promesa rota

que todavía intenta cumplir.

Le llaman monstruo

porque no sonríe,

porque no tiembla,

porque no suplica.

No entienden

que el alma no siempre se pierde:

a veces se esconde

para sobrevivir.

El desalmado carga el mundo

sin pedir absolución.

Ama sin nombre.

Protege sin gloria.

Y cuando al fin se detenga,

cuando el polvo lo reclame,

quizá alguien descubra

que nunca estuvo vacío.

Que su corazón

latía en silencio,

más fuerte

que todos los que lo juzgaron

sábado, 7 de febrero de 2026

MI CORAZÓN.

Tienes mi corazón en tus manos.
Lo arranque con mis manos,
Y lo puse en el tuyo.

Para que el día en el que mueras,
Y los gusanos comience a consumirte 
Al llegar al corazón, el que yo coloqué,
Sentirán el dulce sabor del amor tan puro y absoluto que te tengo.

Lo saqué de mi pecho aún latiendo,
Temblando, tibio,
Entregándole lo único que no podré recuperar.

No como una metáfora suave,
Como algo sincero y real.

No te lo di para que lo cuides y protejas,
Te lo di, para que lo podrás.
Te lo di, para que sea tuyo.
Para que lo tengas.
Para que deje de ser mío 
Y que empiece a existir solo por ti. 

Mi amor no sabe ser prudente,
Incluso si lo abandonas seguiría eligiendote,
No conoce el equilibrio ni la calma
Porque incluso cuando cada parte de mi ser se deshaga,
Mi amor por ti seguirá intacto,
Cómo un recordatorio al mundo de que hubo alguien que amo hasta el extremo.
De dejar su corazón descansar junto a ti. 




Autor 
Antonio Carlos Izaguerri 

UN ÁNGEL DE LUZ.


Hace tiempo que partiste 

y no he logrado entender por qué. 

Sin embargo, sé que en este momento 

ya estás mucho mejor. 

 

Fuiste una gran amiga y consejera, 

fuiste un ángel de Dios 

que vino a este mundo 

a darnos luz y tranquilidad. 

 

Te extraño, mi gran amiga. 

En ocasiones he deseado tanto 

salir a buscarte y decirte 

que me he sentido muy sola 

y que necesito un abrazo. 

 

Pero entonces recuerdo 

que ya no estás aquí, 

y en ese preciso instante 

me pongo sentimental. 

Al mismo tiempo, un alivio me invade, 

porque sé que tú y yo 

fuimos dos grandes amigas, 

y siempre fuiste mi confidente. 

 

Hoy me despido de una gran mujer, 

de una maravillosa madre, 

pero, sobre todo, 

de una excelente persona 

y de un noble corazón. 

 

Esa mujer que siempre 

me abrió sus brazos 

y las puertas de su hogar, 

a quien agradeceré siempre 

desde lo más profundo de mi corazón. 





Autor 

Antonio Carlos Izaguerri