viernes, 25 de septiembre de 2026

QUIERO QUE SEAS MI REALIDAD.

Hay partes del día

en las que la desesperación me abruma.

Entonces me pregunto cuál es mi afán,

cuál es el motivo,

y termino pensando solamente en ti.

En sentirte tan lejos

y, al mismo tiempo,

tan cerca de mis pensamientos.


Y me da miedo

que todo esto sea un sueño,

que esta necesidad de encontrarte

no sea más que otra invención de mi mente.

Quizá esa sea la maldición de los poetas:

estar condenados a soñar de más,

a imaginar futuros que todavía no existen,

a construir con palabras

aquello que desean tocar.

Pero yo no quiero solamente soñarte.


Quiero que seas mi realidad.

Quiero dejar de encontrarte

únicamente en mis pensamientos

y algún día

poder encontrarte en mis brazos.





Autor 

Antonio Carlos Izaguerri 

EL ESCUDO DE SANGRE.

Hay un temblor oscuro que me apaga el pecho,

un frío mineral que va ganando el pulso,

sé bien hacia qué orilla se inclina ya mi lecho

y el miedo no es mentira: es un abismo absurdo.


Tengo pavor del límite, de no encender el día,

de soltar de repente las riendas de la voz,

de esta carne que cede, que duda y se enfría,

de no saber qué queda tras el último adiós.


Y sin embargo, en medio del espanto que crece,

se abre una tregua limpia, un rescoldo de luz:

si el rayo ha descendido y la sombra oscurece,

agradezco en silencio que cargue yo esta cruz.


Que no sea mi niña con su risa intacta,

con sus pasos descalzos rozando el porvenir;

que no sean mis hermanos, cuya sangre me ata,

los que tengan hoy mismo que romperse y partir.


Soy el muro que frena la herida de la suerte,

el árbol que se quiebra para salvar la flor.

Si alguien debía abrirle la puerta a la muerte,

bendigo ser la parte elegida en su rigor.


Iré con este miedo que me araña la piel,

pero con la certeza de haber parado el golpe:

que ellos respiren la mañana intacta,

mientras guardo su luz en el envés del día. 




Autor 

Antonio Carlos Izaguerri 

sábado, 5 de septiembre de 2026

DESDE AQUÍ.

A trescientas páginas de ti evoco tu nombre.

Mis labios se resecan por no beber tus aguas;

el cielo, diminuto, no huele a tala y monte,

gaviotas que suspiran, llanuras que descansan. 


Es tan nuevo el despertar de tus mañanas

que añoro la frescura del pálido rocío,

el que mojó mis botas de niña ilusionada

por conocer el mundo, el mundo tuyo y mío.

 

Hoy lucho entre la selva sabiendo que me esperas

para que pueda verte retinto en armonía

como lo son tu esencia, tus árboles, palmeras,

como lo es tu gente, mi gente, mi familia.

 

Las naves de la vida me llevaron de a poco

hasta el lugar inmenso en donde te recuerdo

y, desde aquí, tan lejos, se humedecen mis ojos

al ver ya más cercana la meta de mis sueños.

 

Más, cuando vuelva al fin a recorrer tus calles

y sea cotidiano ver tú sol en poniente

al darte mi futuro, 

compartiré mis sueños contigo, hasta la muerte.





Autor 

Antonio Carlos Izaguerri

miércoles, 2 de septiembre de 2026

MI SOLEDAD.

 Quiero arrancar de mí esta inmensa soledad,

olvidar que sin ti me envuelve la oscuridad.

Quiero al fin perdonar, curar lo que me provoca,

sentir que te me acercas, pero que tu piel no me toca.

 

Enséñame, por favor, a no estar tan cerca de ti,

ayúdame a olvidar todo lo que un día te di.

Siento que no hay más tiempo, que me cuesta subsistir,

busco desesperada algún motivo para vivir.

 

He luchado y he caído, pregunto en mi agonía,

por qué la vida me trata con tanta tiranía.

A ti, que me robaste los pedazos de las manos,

me dejaste en el vacío, sin mis sueños más humanos.

 

Lo di todo en mi entrega y me encuentro tan vacía,

se apagó en mi propio vientre la más dulce fantasía.

Me negaron el milagro, la ilusión de dar la vida,

y me quedo en el silencio, con el alma adolorida.

 

Quiero volver atrás, borrar todos estos años,

deshacer las ilusiones y evitarme los engaños.

Pues lo he entregado todo y no me queda ya nada,

solo el reflejo oscuro de una mujer desolada.


Ni siquiera puedo llorar, son palabras ya sin voz,

no me quedan ni las fuerzas, el silencio es tan feroz.

Quiero vivir y no puedo, me falta hasta el respirar,

solo quiero ya dormirme y nunca más despertar.


El arcoíris se ocultó, vuelve a llover en mi alma,

con un llanto tan ahogado que me roba toda calma.

Me siento triste, sola, tan herida y sin aliento,

ya no tengo más motivos en medio del sufrimiento.




Autor 

Antonio Carlos Izaguerri 

MÁS ALLÁ DEL AMOR.

Quise arrancarte de mis pensamientos, pero tu nombre ya había echado raíces en mi alma.

 

Quise convencer a mi corazón de que no debía amarte, pero el corazón jamás ha sabido obedecer cuando se trata de ti.

 

Quise olvidarte… y terminé recordándote en cada silencio, en cada amanecer, en cada instante en que la vida se queda quieta y mi alma pronuncia tu nombre sin que mis labios lo digan.


Quise dejar de escribirte, pero ¿cómo podría hacerlo si eres tú quien despierta mis versos, quien convierte mis silencios en poesía y mis pensamientos en palabras?


A veces quisiera decirte solamente: “Te quiero”.

Pero esas dos palabras se quedan pequeñas frente a todo lo que siento por ti.


Porque contigo comprendí que existen sentimientos que no pueden medirse, que no caben en una frase ni pueden explicarse con la razón.


Contigo aprendí que amar es llevar a alguien dentro del alma incluso cuando no está cerca; es encontrar su presencia en la ausencia, su voz en el silencio y su recuerdo en cada latido. 

Por eso ya no quiero luchar contra este sentimiento.


Si amarte es un destino, lo acepto. 

Si pensarte es una condena, no quiero ser liberado.


Y si quererte significa entregar una parte de mi alma, entonces que sea tuya para siempre. 

Porque hoy sé que no eres solamente la mujer que amo…


Eres la inspiración de mis palabras, la dueña de mis pensamientos, el refugio de mis sueños y ese hermoso motivo por el que mi corazón aprendió a latir de una manera diferente. 

Por eso, cariño mío, no quiero decirte simplemente “te quiero”.


Quiero decirte algo mucho más profundo, algo que nace desde el lugar más sincero de mi ser: 

TE AMO.


Y si algún día las palabras dejan de existir, si el tiempo borra los recuerdos y el mundo entero guarda silencio, bastará con que mi corazón siga latiendo para que exista una última verdad: que mientras exista en mí un solo latido, habrá en él un lugar que llevará tu nombre.




Autor 

Antonio Carlos Izaguerri