viernes, 25 de septiembre de 2026

EL ESCUDO DE SANGRE.

Hay un temblor oscuro que me apaga el pecho,

un frío mineral que va ganando el pulso,

sé bien hacia qué orilla se inclina ya mi lecho

y el miedo no es mentira: es un abismo absurdo.


Tengo pavor del límite, de no encender el día,

de soltar de repente las riendas de la voz,

de esta carne que cede, que duda y se enfría,

de no saber qué queda tras el último adiós.


Y sin embargo, en medio del espanto que crece,

se abre una tregua limpia, un rescoldo de luz:

si el rayo ha descendido y la sombra oscurece,

agradezco en silencio que cargue yo esta cruz.


Que no sea mi niña con su risa intacta,

con sus pasos descalzos rozando el porvenir;

que no sean mis hermanos, cuya sangre me ata,

los que tengan hoy mismo que romperse y partir.


Soy el muro que frena la herida de la suerte,

el árbol que se quiebra para salvar la flor.

Si alguien debía abrirle la puerta a la muerte,

bendigo ser la parte elegida en su rigor.


Iré con este miedo que me araña la piel,

pero con la certeza de haber parado el golpe:

que ellos respiren la mañana intacta,

mientras guardo su luz en el envés del día. 




Autor 

Antonio Carlos Izaguerri 

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